“Don Quijote soy, y mi profesión la de andante caballería. Son mis leyes, el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil. ¿Es eso, de tonto y mentecato?”
-Respóndanse ustedes mismos-
Tiempos de guerras, encantamientos, castillos y órdenes de caballería, ya eran obsoletos en los años de Don quijote de La Mancha. En ese entonces las aventuras de aquellos “supuestos existentes” en la historia, las hallábamos (y aun) en novelas de grandes y destacados autores que otorgaban a la gente momentos de evasión que disfrutaban en sus ratos libres. Sin embargo, hubo personajes que no contaron con éstas como fuente de entretención, sino que como modelo a seguir y base de sus proyectos.

He aquí nuestro hidalgo, aquel que frisaba en los cincuenta años, de complexión recia, rostro alargado y seco de carnes, que en sus ratos de ocio (generalmente la mayoría de su tiempo) se aficionaba en leer aventuras de caballeros andantes de forma desmedida, a tal extremo de secársele el cerebro y perder el juicio. Creía “a pie juntillas” en encantamientos, luchas con gigantes y otros disparates de las novelas de caballería, queriendo luego, ni más ni menos, convertirse el mismo en caballero andante.
La novela de Miguel de Cervantes “El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha” tubo dos partes, siendo más acabada la última en 1615. Provocó gran revuelta, y cabe destacar que esta no se debió en un aspecto positivo por así decirlo, sino que al contrario. Tales eran sus críticas a la novela de caballería, que acabó con ella.

Nuestro protagonista, don Quijote, transmite todo lo opuesto a un caballero andante, no sí los ideales. Este a través de sus aventuras no hace más que “restarle puntos” a la novela de caballería y “bajarla del pedestal” en que se encontraba, desmitificando las características que las identifican como tal. Por otro lado, Sancho Panza, su escudero, cumple un papel de gran importancia en el acaecer de los hechos. Es cierto que su ingenuidad a veces le jugaba en contra llevándolo a creer en las locuras de su amo, pero nunca desistía de imponer su sentido común ante la imaginación de este. Destacando de este modo, la locura del caballero.

Si bien es cierto, esta novela de antaño buscaba ridiculizar a la novela de caballería, vale decir, romper con la imagen que se tenía de esta a través de cambios en la cultura y en las tendencias de esa época por medio de las letras de su contenido. Hoy, también aporta a nuestra sociedad en distintos aspectos, como por ejemplo, la juventud. Los jóvenes somos (me incluyo) Quijotes que deambulamos por el mundo en busca de nuestros ideales. Tomamos como referente cualquier ejemplo que nos muestra la vida día a día (en el caso de nuestro hidalgo las novelas de caballería), sin saber si nos es favorable, pues como éste, nos “embobamos” con cosas que muchas veces van más allá de la realidad.

Se dice que la juventud es la “etapa de la experimentación” y también que el leer los clásicos de la literatura es “casi una obligación”: ¿y si mezclamos ambos?
Por qué no poder identificarnos nosotros como jóvenes con este clásico de los clásicos. Poder sin más ni nada menos que a través de su protagonista, compartiendo sus aventuras disfrutando de su poca cordura en el paso de las páginas. Para nuestro mejor desenvolvimiento, es recomendable tener campo en el conocimiento de experiencias en la búsqueda de llámese proyectos, ideales y fantasías.
-Es lo que recomiendo-. Sería una singular forma de extraer moralejas y enseñanzas. Es que para salir a buscar en el mundo es bueno conocer antes que hay en él, considerar experiencias ajenas y ser valiente. Y por como dice don Quijote: ¿No sabes tú que no es valentía la temeridad? Entonces: ¡atrévete!






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